un paquete de jamon etiquetado sin gluten, sin lactosa

Etiquetas “sin” en los alimentos: ¿son realmente más saludables?

Cada vez que recorremos los pasillos de un supermercado nos inundan las etiquetas “sin”. Mensajes como “sin conservantes”“sin colorantes” o “sin transgénicos” ocupan tanto espacio en los envases que, en palabras de Nutrir con Ciencia (El País, 2018), “las etiquetas se quedan pequeñas” para tantas afirmaciones. A costa de casi nada, esta estrategia mejora la imagen de marca e influye en nuestra elección de compra. Irónicamente, ha alimentado una creciente quimiofobia: el miedo irracional a todo lo que suene químico.

Incluso expertos como el divulgador José Miguel Mulet advierten: “el miedo a los productos químicos es una gran estrategia de marketing utilizada por la industria agroalimentaria”. En el fondo, el consumidor recibe un mensaje implícito: si presumen de lo que no hay en el alimento, es porque creen que antes era perjudicial. Si algo no lo contiene, ¿será mejor por ello? Esta idea ya está sembrada en la mente de quien la lee.

En busca de recuperar la confianza del cliente y responder a la demanda de transparencia, la industria alimentaria abrazó el fenómeno conocido como Clean Label (etiqueta limpia). Se simplificó la lista de ingredientes y se eliminaron aditivos “poco reconocibles” (números E), sustituyéndolos por ingredientes de nombres familiares. El objetivo era loable, pero la estrategia tuvo un efecto perverso: envió el mensaje de que “si suena a química o hay números E, es peligroso”.

Estudios científicos confirman la advertencia: incluso la sola presencia de un nombre químico en el etiquetado aumenta la percepción de riesgo y reduce la intención de compra. En otras palabras, al demonizar conservantes aprobados y seguros (por ejemplo, los que evitan el botulismo), el sector alimentario ha erosionado su propia autoridad técnica a largo plazo.

Hemos educado al consumidor para desconfiar de la tecnología alimentaria, creando así la vulnerabilidad de creer todo bulo que suene químico. Como señala Mercasa, la forma de etiquetar ha enseñado la idea de que “menos tecnología es más salud”.

Las etiquetas «sin» en los alimentos estallaron entonces como una especie de placebo comercial. Productos “libres de X” se asociaron con lo natural y lo puro. Pero esta narrativa oculta una trampa: pone al consumidor frente a un atajo mental peligroso. Al ver “Sin aceite de palma” o “Sin conservantes” en un producto, nuestro cerebro salta a la conclusión de que ese ingrediente debe ser nocivo; de lo contrario, ¿para qué resaltarlo?.

En psicología del consumo esto se conoce como el halo de salud, un sesgo donde lo que falta es tomado automáticamente como beneficio para la salud. Estudios demuestran que estas etiquetas crean un halo artificial de bienestar y a la vez estigmatizan injustificadamente al ingrediente eliminado. En la práctica, la conclusión instintiva que sacamos es: “este alimento es mejor porque no tiene X”. Y aunque no exista base científica real para asociar esa falta con un mayor valor nutricional, la narrativa ya viaja incrustada en nuestro imaginario.

Esta dinámica se refleja tanto en mercados tradicionales como en grandes cadenas. Por un lado, los puestos ecológicos y productores locales siempre destacaron la ausencia de aditivos como un plus. Por otro lado, grandes supermercados, en pro de imagen pública, han ido más allá de la legislación: imponen estándares privados que prohíben ingredientes legales y seguros.

Cuando una cadena retira un producto por presión en redes sociales y no por evidencia científica, envía un mensaje devastador: “Las autoridades no te protegen, nosotros sí”. Esto mina la confianza en organismos oficiales como EFSA o AESAN y refuerza la idea de que la seguridad alimentaria es cuestión de opinión y no de ciencia.

En un contexto de “insularidad epistémica”, la gente prefiere creer historias cercanas: el Edelman Trust Barometer muestra que un 70% de las personas desconfía de quien piensa diferente a ellos y que las recomendaciones de «alguien como yo» pesan más que las de un experto. Así, en lugar de buscar información rigurosa, muchos consumidores solo confirman sus prejuicios, atrapados en cámaras de eco que refuerzan la quimiofobia.

A nivel global, las consecuencias son severas. Esta mentalidad de riesgo cero ha actuado como un freno de mano a la innovación alimentaria. Tecnologías prometedoras (desde cultivos editados genéticamente hasta nuevos conservantes biológicos) han sido etiquetadas con apelativos peyorativos como “Frankenfoods” o han tardado años en aprobarse, costando miles de millones.

En definitiva, la desinformación alimentaria ha dado al marketing del «sin» un poder casi geopolítico: basta una afirmación viral (“ingrediente X causa cáncer”) para hundir en minutos la reputación de una marca construida en décadas.

Como advierten los expertos, en la economía de la atención el miedo evolutivo domina: el cerebro prioriza la amenaza de enfermar sobre cualquier dato positivo. Mientras esto ocurre, la competitividad real se resiente; en el fondo de este “arancel invisible” pierde la eficiencia real y gana la seguridad emocional, dejando al planeta y al futuro en segundo plano.


Al fin y al cabo, la historia muestra que la naturaleza no es siempre sinónimo de inocuidad (recordemos que alimentos “orgánicos” también contienen toxinas naturales) y lo sintético no es intrínsecamente dañino. La verdadera etiqueta limpia debería ser la transparencia: más educación y comunicación honesta por parte de la industria y las autoridades. Conviene recordar que todos los aditivos autorizados en la UE han pasado estrictos controles de seguridad.

El reto es reaprender a leer etiquetas con espíritu crítico, quitarnos el velo de la quimiofobia y entender que la ausencia de X no convierte mágicamente un producto en saludable. Solo así podremos confiar en que la ciencia y la regulación nos cuidan de verdad, y no en que nos venden ilusiones con un sello de “sin”.

Fuentes y referencias:

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